Google

lunes, noviembre 16, 2009

De la rotura a la creación

Cuando escribía este blog desde la Isla la constancia era mayor; por lo menos lo actualizaba una vez a la semana como mínimo. Cinema Interactivo nació como traspatio de trabajos mayores, taller de ideas y sobre todo zona de “entrenamiento” para obligar a la mano a escribir, pero al final quedó como espacio de reflexiones y terapias personales compartidas con unos pocos a los que siempre tendré que agradecer sus anónimas visitas, los correos esporádicos y las palabras de aliento. Las roturas de este blog son incríbles, así como sus resurrecciones; lo mismo aparece una euforia demoniaca que lo inunda con posts a diestra y siniestra, que se llena de una vacío descomunal. Sin embargo nunca desaparezco del todo y tampoco quienes me visitan.

Ahora, mientras trato de recuperar el aliento, mientras organizo un poco lo que seguirá y reflexiono un poco sobre el devenir de este espacio, me acaba de llagar mi nueva cámara de video. Los últimos trabajos los había hecho con alguna cámara prestada o alquilada y para ser honestos la herramienta no me había preocupado tanto porque me movía en la zona del videoarte y el video experimental donde el desastre a veces es provechoso y la hechura doméstica servían para aderezar una estética indisciplinada y herética digna de no encajar en ningún lugar. Pero entonces aparecieron otras preocupaciones, más documentales, más cinematográficas sin perder el aliento subversivo y fue cuando decidí hacerme de una cámara que me sirviera para “todo”.

Durante mi rara y poco continuada carrera cinematográfica la precariedad siempre me obligó a hacer de tripas corazón y a crear con los más mínimos recursos, había crecido con el 8 mm y la fotografía en blanco y negro, y cuando tuve la oportunidad de trabajar más en serio nunca pasé, para trabajos propios, más allá del VHS o el Hi-8 hasta que llegaron las cámaras fotográficas digitales y gracias a su portabilidad aproveché al máximo su capacidad para hacer pequeños videos que te obligaban a ser esencial y sintético. Así que como en cuanto a poética no tengo muy claro todavía lo que quiero, pero el “con qué hacerlo” sí, decidí que era hora de hacerme de una cámara que fuera pro, pero no tan pro, que no asustara a la gente por su tamaño y grandilocuencia, que pesara lo suficiente como para hacer una plano estable, pero no como para romperte la espalda, que tuviera todo tipo de “huecos” de entrada y salida, que tuviera una óptica cojonuda, que fuera resistente, que pudieras hacer malabares con ella sin que se te fuera de las manos, que utilizara tecnología CMOS y que tuviera un precio no de risa, pero tampoco para echarse a llorar. Así que después de machacarme literalmente la cabeza y revisar media Internet y consultar a infinidad de amigos, entre ellos incluyo mi almohada, decidí comprar la HVR-A1 de Sony.

El haber comprado esta cámara me tiene bastante motivado y ha resucitado mi pasión por el audiovisual, su portabilidad y calidad de imagen son impresionantes y sus prestaciones permiten matices expresivos importantes; quizás para otros no sea de gran calidad, ni una cámara que merezca la inversión que hay que hacer, pero para mí me viene como anillo al dedo y espero poder explotarla al máximo con mis proyectos. Por ahora la estoy testeando, situándola en distintas condiciones y contextos para probar todas sus funcionalidades y en paralelo trabajo en par de guiones dormidos que ya deben despertar.

Desde ahora serán menos las roturas y quizás no haya necesidad de resurrecciones inmediatas pues pongo en marcha varios proyectos que no sólo involucran mi obra, sino también la de otros realizadores. Ahora cruzaremos los dedos y pisaremos a fondo el acelerador para aprovechar este entusiasmo junto a las buenas circunstancias que hacen de la creación algo placentero y delicioso.

viernes, junio 19, 2009

Por qué no suelo escribir sobre cine cubano

Cuando Luciano Castillo y Maruja Santos fomentaron mi aliento por la crítica de cine comencé por el cine chino, parece extraño, sobre todo cuando seguía con atención la filmografía de la Isla y solía polemizar sobre ella en los cineclubes por los que pasé. Recuerdo a Tony Mazón fotocopiándome artículos en la Cinemateca, quizás él no lo recuerde, y a Frank Padrón llenándome la cabeza de felices actos terroristas, a los ojos de la mayoría, pero herejías a los ojos de unos pocos. Aunque me disguste la palabra década, los 90 fueron los años de iniciación en que me debatía entre la crítica y la realización gracias al culpable mayor Jorge Molina. Después vino una lluvia de amigos como Juan Antonio García Borrero (Juani), Mayra Pastrana, Rufo Caballero, Carlos Galeano, los dos Mario, Naito y Naite. Menos a Juani a los demás le fui perdiendo la pista con mis exilios particulares en la propia Isla y mi vagancia para escribir, además de la continuada apatía por publicar, incluso cuando ya había madurado un poco con el estilo y la calidad de las ideas.

En 1994 en mi primer Taller de la Crítica Cinematográfica recibí una pateadura descomunal por dos razones, primero por el desfachatado texto que había presentado diciendo que no existía el cine cubano, segundo por lo incoherente y caótico que era dejando al descubierto la inmadurez, pero también la desmedida osadía que me comía los huesos. Esa es la causa por la que no aparece mi trabajo en las memorias de ese año y aparezco en todas las fotos y el programa oficial del taller y en el recuerdo de los organizadores. Como ven no he cambiado mucho, comencé en este texto por el cine chino y terminé enredado en anécdotas que no sé my bien como van en este texto. De todas maneras ahora ya no sufro por mis propios desvaríos y el caos conceptual que armo en casi todo lo que escribo porque asumo mi libertad de pensamiento sin dramatismo y mi libertad estilística sin mucha preocupación formal.

Pues bien, lo del cine chino se debe a mi constante inconformidad con el cine cubano, esto no quiere decir que no reconozca la obra gestada en la Isla, que no sepa del talento y la dedicación de muchos, pero es que nunca me acabó de contentar, incluso lo “subterráneo”, lo que crecía fuera de la oficialidad y al final este descontento, por su persistencia atroz, se ha convertido en una indiferencia que ya venía desde que escribí el primer artículo sobre cine. ¿Cómo me podía interesar más la cinematografía china que la de la Isla? Simple, supongo porque en algún momento ni me sentía de la Isla por obra del lenguaje y de la cosmovisión que me presentaba durante años el cine cubano. Obras plagadas de un neorrealismo trasnochado, temas de una cotidianidad extrema que lindaba con la nada, una saturación de comedias que opacaban otras realidades y una cuadrícula institucional castrante que sobre el signo oficial marginaba voces y expresiones quizás más válidas que las que nos vendían.

Para colmo la mordida de la nostalgia por los dichosos 60 y después el despertar del cine antes del triunfo de la Revolución me revolvían las tripas y volvían a quitar la mirada de lo emergente, lo provocativo y herético que ahora mismo con la democratización de la realización, gracias al acceso a la tecnología digital, se ha vuelto puerilmente escandalosa. Supongo que por los años de censura, silencio y marginación, lo que ha provocado que no sólo los jóvenes exploten con una hipercrítica implacable, sino también realizadores de mayor solera que no se han podido reprimir más. Si a esto le sumamos la zona de la diáspora, de los que están haciendo cine fuera de la Isla bajo la dimensión que sea, becarios, exiliados, mudados, residentes temporales, en fin lo que no están adentro y sienten bajo otra latitud, ya tenemos un panorama complejo que requiere ser explorado antes de ser criticado y sobre todo tiene que ser mostrado para ser por lo menos aceptado como una parte también nuestra.

De seguir con este texto debo reconocer primero me incapacidad para penetrar el cine cubano de una forma coherente y serena, tengo que añadir que mis recursos metodológicos son precarios para algo tan complejo y para sazonar todo agregaremos que no poco miedo me da enfrentarme no sólo a toda una filmografía, sino a obras concretas que me despiertan cierta atracción e incluso fascinación. En buen cubano “pendejitis”, pero por lo menos tengo los cojones de reconocer lo que me deja como un inválido ante el cine de la Isla. Debe ser una especie de trauma, de sumas de churros, de imbecilidades, de cabronadas institucionales y de una ceguera colectiva lo que me deja ese sinsabor que me aleja como crítico del cine al que debiera tenerle un especial amor. Por eso envidio a aquellos que son capaces de enfrentarse a él, luchar por él y, metafóricamente, hasta matar por él. Lo único lamentable es que las voces que vibran en estas coordenadas con lucidez son pocas y lamento no haber dedicado tiempo, ni esfuerzo en sumarme a ellas. Por ahora el cine cubano sigue siendo una asignatura pendiente y no será raro que nunca escriba sobre él, de todas maneras siguen las hormigas en el estómago y las mariposas en la cabeza, por suerte con el sabor insular que todavía me hace de esa rara y preciosa Isla que reina en el Caribe.

miércoles, diciembre 03, 2008

El buen Steven Soderbergh



Desenfadado, arriesgado, unas veces simple y otras veces complejo, amado y odiado quizás por sus altibajos y sobre todo por las supuestas traiciones al cine independiente, así es Steven Soderbergh. Sigo creyendo que su filmografía es muy personal aunque algunas de las últimas piezas estén aderezadas por convenciones casi obligatorias de la industria. Su sello persiste hasta en los bodrios: constantes guiños a la historia del cine, reinterpretación de géneros, una atracción desmesurada por el manejo de la cámara y una densidad sociológica a veces imposible de ocultar en su discurso.

Quizás, aunque no lo parezca, es en “El buen alemán” donde esa inquietud de ensayo y de análisis sociológico es más notable. Sí, es cierto que los recursos del drama romántico a veces saturan el filme, que el homenaje al cine negro de los años 40 y 50 es demasiado obvio, pero detrás de la diversión y vuelta al blanco y negro, detrás de los clisés trágicos que vibran en la trama y del merodeo del suspenso, la intriga y la fatalidad, hay toda una exploración de una época que marcó la historia de la humanidad.

Con mucho cuidado, a veces imperceptible y otras veces con velado cinismo, a través de personajes comprometidos y marcados por la historia, Soderbergh indaga en la maraña de complicidades de la postguerra, pone al descubierto las constantes infidelidades de los Aliados y nos muestra la parte sucia y despiadada que late debajo del velo épico y romántico de la “victoria”. Sobre un Berlín depredado y dividido late el amor, el odio y la venganza de los personajes que nos dejan respirar la historia de un modo distinto a como es contada en los libros de historia.

“El buen alemán” es un filme que seduce, que atrapa por su glamour retro y su dimensión misteriosa, pero nos deja interrogantes éticas y morales, nos pone de frente a otra realidad con la guerra, parte de la realidad que provocó la “Guerra Fría” a través de las miserias humanas de estos personajes atrapados por la época que les tocó vivir. Aunque la narración adolece de cierto desvarío y el abuso de suspense enturbia un poco la progresión de la trama hay que reconocer que es una cuidada pieza, muy personal de Steven Soderbergh que coloca a este filme en uno de los más memorables junto a “Sexo, mentiras y cintas de video” y “Traffic”. Filmes que además de no dejarte como un espectador pasivo te permiten disfrutar de la vieja y sabrosa magia de la sala oscura con una fruición y placer inigualables.

domingo, noviembre 30, 2008

Sobre los guionistas

Ser guionista es de los oficios más mal pagados y poco valorados por la industria del cine y de la televisión. Los productores dan hasta un ojo y son capaces de hasta matar por un excelente guión, pero después que lo tienen en la mano quien le da la espalda al guionista no es exactamente el productor, es el sistema que logra colocar en la sombra al artífice de la escritura. Es cierto que abundan muchos malos guiones, que muchos directores y productores saben convertir en oro, pero también es cierto que mucho guión de calidad es convertido frecuentemente en mierda.

Por otro lado la gran confusión con el cine de autor hace que directores que no tienen ni puta idea de escribir hagan guiones para filmarlos y guionistas que no tienen ni puta idea de dirección quieran dirigir sus propios trabajos. En ambas partes se requiere no sólo de una buena formación sino de un talento especial y una vocación que linda con la obsesión para que alguien pueda escribir y dirigir sus propios trabajos, se requiere además de una visión global y a la vez detallista bajo una dimensión humanista que suele escasear.

En fin, que el oficio de escribir a veces puede ser una verdadera pesadilla sobre todo para aquellos que no saben como manejar la industria. Porque por mucho que hablemos de cine independiente, por mucho que autofinanciemos nuestros propios sueños, ellos tienen un circuito que a cualquier escala pertenece a la industria audiovisual y en la medida que vamos creciendo ese coqueteo con las grandes productoras aumenta y en la medida que nos hacemos visibles el valor de las decisiones aumenta.

Se escriba como se escriba y para quién se escriba hay que hacerlo con rigor, no tan pegados a los cánones y a las exigencias de los productores, no tan mierderamente comerciales, pero tampoco exageradamente herméticos y oscuros como para perder el interés del espectador. Sí ya sé, ¿y dónde está la fórmula?, ¿cómo se logra algo así? Pues escribiendo, sacando los demonios afuera y exprimiendo el cerebro cada vez más con la fe de que contar siempre tiene que ser interesante.

sábado, mayo 10, 2008

El gran arte de la disociación o por qué escribir crítica es más chungo que chutarse

Sin ansiedad no hay arte y tampoco hay crítica, cosa cada vez menos escaza si revisamos la spublicaciones de la red y las tristemente impresas. La mayoría de las críticas, en este caso de cine, tienen más sabor a loa o vomito de ácido que a verdadera crítica. ¿De qué ha servido el estructuralismo, la semiótica, la hermenéutica y la mayéutica? Para nada, no han servido para generar unos cuantos ladrillos que se quedan en las bibliotecas o bajo el brazo de algún erudito callejero que busca impresionar a chicas en un atribulado bar snob de la élite intelectual. ¿De qué han servido las diatribas entre Eric Romer y Pier Paolo Pasolini sobre el cine de poesía y el cine de prosa? Tampoco han servido para nada. Supongo que todas estas rarezas y legado han ido a parar a manos de los cineastas de arte, los fichados por el cine de autor y los que no clasifican en ningún lado por heréticos y experimentales.
Si algo se resiente de la crítica es su falta de profesionalidad, de estilo y la calidad no sólo escritural, sino conceptual. Nadie hace desmontajes de las piezas audiovisuales, nadie se atreve a ver las máculas, nadie se atreve a putear con calidad y seguridad a los bodrios y a las mierdas fílmicas que saturan nuestro pequeño universo. Nadie se aventura a traspasar los límites de los autores y olvidarse de la palabrería insulsa de los cineastas que posan con sus etiquetas de raros, extraños, subvencionados y cultos. Joder, que ni en la zona de outsiders se puede clarificar quién es quién por tanta maraña cultural, paternalismo gubernamental y presiones del cine "made in Hollywood".
En España el cine de autor está castrado, primero por el monopolio y megalomanía de algunos autores que nevegaron con suerte a pesar de sus constantes divaríos, por las cadenas de televisión que marcaron un sello de amparo fatal y garantías de divulgación aunque el resultado fuera un vomitivo y por último por las subvenciones que para ser francos parece como si estuvieran lavando dinero las instituciones porque evitar el suicidio de un artista de puede hacer de mejores maneras. Ante este clima la crítica se ha dividio en la buena, la gris y plana de los grandes medios, la oscura erudita que nadie entiende bien qué dice, y por último la de los bares y clubs de alterne, que es muy probable que sea mejor y más saludable que las otras dos porque por lo menos es sincera y parte casi del propio espectador.
Es un mal momento para la crítica, lo es también para el cine y lo es para las instituciones que no acaban de ver el resultado de sus inversiones reflejadas no tanto en taquilla como en la pasión d elos espectadores. ¿Pero qué cojones es lo que pasa? Aaso no hay críticos que valgan la pena. Pues sí, sí los hay, y de sobra, pero la maoría existen en publicaciones demasiado alternativas, en medios muy frikis, en la blogsfera y claro, en los bares y clubs de alterne. Quizás los grandes medios debieran replantearse quiénes podrían dinamitar a partir de la crítica la distribución y el consumo del cine, quizás no debiéramos dejar a un lado a los inconformes y a los rebeldes que patalean con sus palabras y sí facilitar el diálogo abierto que genere interes y que conduzca a la reflexión y al replanteo de ideas a los artistas.
Pero no es así y hay que comerse el marron y olvidarse de las críticas en los dirios y las cadenas de televisión, pasar de todo y tratar de pillar a un amigo cinéfilo que después de unas birras ofrezca un consejo y especule sobre el trasfondo de cierta obra y encuentre los puntos de contacto de tal secuencia con tal y más cual libro. En fin que con la crítica raquítica y tan conservadora que tenemos no creo que lleguemos muy lejos.